Imprescindible aclaración previa: Sabrán ustedes comprender el uso de la primera persona del singular en la crónica que sigue. Sucede que es la mejor forma que encontré para contar la inolvidable tarde de domingo en lo de Guille. Espero que este bien y los invito insistentemente a que me pasen a diego_joy@yahoo.com.ar sus propios relatos o sensaciones para armar la historia que tan lindo rato merece. Hecha la aclaración, a leer la crónica. Espero que les guste.
Cuando llegué a la confortable Mansión Concetti, encontré a dos parejas gastando la mesa de tenis de mesa. Guille C y Dani batallaban frente a los Hidalgo. De inmediato saltó a la vista: con mi arribo, cinco personas en la casa, y un hincha de cada uno de los clubes tradicionalmente llamados grandes. Esta enorme curiosidad fue comentada luego, durante el almuerzo. Pero no fue recibida ni como enorme ni como curiosa... Pero no quiero adelantarme en el tiempo, ni quiero aparecer como un tipo raro.
En cuanto terminó el duelo de Ping Pong, confieso que no pregunté quien ganó, los cinco grandes (disculpen que insista, pero me pareció increíble) nos encaminamos al quincho. Willy, que piensa en todo y en todos, ofreció abrir una botella de vino. Pero enseguida recordó que también había aperitivo Gancia que como lo indica su calificación, es adecuado para degustar antes de las comidas... Y nos decidimos por unos Gancias con hielo, soda (para mi sin soda, por favor) y limón. Pero quedó visto que Willy piensa más en todos que en todo: olvidó comprar limón. Me ofrecí diligente para correr a adquirir el amarillo fruto esencial para ese momento. El dueño de casa me instruyó sobre la ubicación de la frutería y verdulería más próxima y, mientras salía, me recomendó paternal: -No vayas a traer un kilo de limones eh!. Desandadas las casi dos cuadras hasta el comercio de marras, aguardé mi turno y pedí al frutero: -Un kilo de limones, por favor.
Al regresar, ya cerca de la casa del asado, pude ver como Bocha llegaba y estacionaba su taxi. Pero previamente había podido oír como llegaba Bocha. Sucede que nuestro taxista de cabecera disfruta de exhibir sus gustos musicales a toda la gente que pueda. Aún a riesgo de la sordera.
En suma, ingresamos Bocha y yo, y los limones, a la casa y enseguida noté lo que ustedes estarán pensando ahora: se rompió El equilibrio de los grandes (así me gusta llamar al extraordinario fenómeno sucedido el domingo).
Aquí se largó, oficialmente, el Asado de Fin de Año de Los Sábados. Que lo hagamos un mes después de terminado diciembre nos hace originales, desorientados o lentos para organizar. Lo que prefieran.
Pablo H empezó el encendido de las brasas. Damián y yo arrancamos con el preparado de los Gancias. Luego me tocó la tarea de preparar la picada, con el derecho que conlleva, que es el de picar antes que los demás, durante el corte de los ingredientes.
En estos trámites estábamos mientras llegaban los otros. Y la verdad es que la reunión resultó un enorme éxito de convocatoria. Sólo faltaron a la cita Tony (sin justificación, tiene una falta y el sábado próximo juega con el sol en contra), Maia, Carlín (ambos de vacaciones, por lo tanto justificados y envidiados) y el recién regresado Zurdo. Y me detengo un momento en el amigo Guaraní, a riesgo de salir de tema. Al parecer, faltó porque sufrió un esguince al tropezar en una escalera, pero yo creo que fue un caso de tobillo de Pavlov. Así como los famosos perros del fisiólogo ruso generaban saliva ante el estímulo sensorial que asociaban con la comida antes de verla y aún sin que existiera, el tobillo del Zurdo se inflamó por el solo hecho de haber jugado un partido ante Martín, aún sin haber recibido golpe alguno...
Entre los que fueron llegando estaban Leo con sus pasajeros (Tulio y su primogénito, Valentín). Lo primero que notó Leo fueron los vasos con restos de limón y, por supuesto, reclamó su Gancia. Pero ya no había más. Esto resultó, mas allá de la desilusión, una excelente excusa para abrir el primer tubo de Santa Julia.
En tales lances nos debatíamos cuando nos sorprendió la inminente salida de la primera tanda de choris, que Pablo H venía preparando con su conocida dedicación. A armar las mesas entonces: dos tablas juntas que permitían alojar bien a los comensales. Se amucharon unos cuantos a la sombra y algunos quedamos al sol. Por cierto, como sabrán, el vino tomado con sol de mediodía de verano cayendo directo sobre la cabeza suele producir algún efecto... Será por eso que comenté efusivo el asunto de los cinco grandes. Al menos podrían haberme seguido la corriente...
El opíparo banquete siguió largo rato entre anécdotas, risas, cargadas, más chori, tira en su punto justo, vino, alguna cerveza para Damián. Y Valentín, mostrando orgulloso su autito del Enmascarado, con la Santa Inocencia de quién aún es muy pequeño para saber que el conductor no es otro que el hermano de Meteoro (el día que uno comprende semejante embrollo familiar de tono tan triste, ha perdido definitivamente el candor que distingue a un niño). Y una cosa más: piadoso anonimato desde estas líneas al que sostuvo que en la película el Mach 5 lleva el número 6 (???).
Cuando las panzas se fueron llenando, algunas más rápido que otras, naturalmente, fue el momento de atender cada uno su juego. Esto dicho literalmente: Ping Pong (el rey de la tarde), Play Station, Metegol y Flipper hicieron las delicias de todos. Por lo que pude ver, Pablo H y Leo hicieron capote en Ping Pong, aunque también se anotaron en la mesa Guille C, Dani, Norber (buena pareja según me contaron), Pablo F, Mariano, Bocha, Damián, Tulio y alguno más. El metegol fue jugado por Pablo H, Leo, Bocha, Willy y más. El flipper fue terreno de Pablo Z, Dani, Norber y yo mismo. Martín no largó la Play, donde también participaron Pablo Z, Damián, Tulio y alguno más. Las feroces competencias que se generaban, estaban decoradas por las corridas y juegos de Valentín y... Guille J. Claro, el único capaz de aguantarle el ritmo al incansable pequeñín.
Yo me las arreglé para entrarle a todos los juegos salvo al metegol. En todos fui deshonrosamente derrotado.
Antes, en pleno desarrollo del almuerzo, el dueño de casa me advirtió (cuando se terminó el primer Santa Julia) que había en la bodega un Cabernet Sauvignon Orfila cosecha 2002 estupendo, igual al que habíamos degustado en ocasión del anterior asado. Le respondí que mejor abría un segundo Santa Julia y al Orfila lo dejaba para después de comer para poder disfrutarlo a pleno. Ese Cabernet fue mi compañero de toda la tarde, durante las justas lúdicas en que me tocó perder sistemáticamente. Exquisito.
Lo anterior fue escrito con añoranza, obviamente. Lo que viene no tanto. O si, porque me terminó divirtiendo. Pero los que allí estuvieron habrán notado lo crueles que suelen ser los grupos de amigotes, sobre todo si son futboleros: Poco después de terminar de comer, surgió en mi un irrefrenable deseo de helado. Pregunté si estaban de acuerdo, hubo una respuesta grupal mayoritariamente afirmativa. Con Martín reconstruimos a fuerza de memoria el 0810-33-FREDDO y allí llamé. Alguien había sugerido tres kilos. A mi me pareció que tres kilos y medio estaban bien. Y al pedir me informaron que nos regalarían un cuarto más. La señorita que respondió a mi llamado hizo una pregunta que nunca hubiera esperado al tratarse de 3750 gramos de helado. Traducido: 15 cuartos. Me dijo: -¿de qué gustos, señor? Lo primero que me salió fue: ¿tengo que decidir sabores para tanto helado? -Si- dijo ella. -Y, no se, digamos los clásicos, chocolate, dulce de leche, vainilla- -Sambayón? Preguntó. -sí- contesté, -y también frutilla. Y el resto fijate. Haceme un surtido. Pasó cerca de una semana y aún me cuestiono porqué tuve que decir eso...
Estaba en plena lucha contra el flipper cuando llegó el postre, al que la gente de la famosa cadena de heladerías tuvo la delicadeza de agregar unos cuantos cucuruchos. Willy y Pablo F, creo, cargaban el helado hacia el fondo de la casa (donde estaba el centro de operaciones culinario), quejándose de los $189 que habían tenido que oblar gracias al chiste que se me había ocurrido. OK, es caro. Pero es de Freddo. Y no solamente no abundan las heladerías en aquel recóndito paraje capitalino, límite entre Saavedra y Urquiza, donde está la casa Concetti, si no que las pocas que hay es muy probable que no hagan delivery. Aunque esto tampoco nunca lo sabremos ya que el dueño de casa... No toma helado!!! No toma helado!!! repito. Por lo tanto, no hay un solo imán en su heladera que indique donde pedirlo. ¿Qué otro camino quedaba? ¿Chungo? Tal vez, pero era la misma milonga...
Encima, al empezar a repartir, dimos con el recipiente que traía el bendito surtido. Y la verdad es que uno de los sabores, frutal para más datos, no se parecía a nada conocido, al menos para los paladares trogloditas que engalanábamos la reunión. Por supuesto, esto y el famoso costo de los 3750 gramos de Alfredo dieron pie a lo más granado de las burlas de mis queridos amigos hacia mi. Y el vano intento de defenderme de alguno con quien comparto genes. Seré justo: seguramente Freddo equilibró su stock sacándose los clavos gracias a mi pedido...
Y así, entre juegos, helados, achuras y risas se fue la tarde. Poco a poco se fueron yendo, obligados por algún compromiso los primeros. Obligados por que Guille merecía recuperar su morada para él solo, los últimos.
Gracias especialmente emocionadas a ese extraordinario anfitrión que es Guillermo Concetti. Y gracias a todos los que ayudamos a pasar una (otra más) tarde inolvidable: Pablos (F, H y Z, en orden alfabético), Leo, Tulio, Guille J, Martín, Mariano, Dani, Norber, Bocha, Damián y el abajo firmante.
DIEGO